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PRIMA DONNA

  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 21 dic 2021
  • 2 Min. de lectura

Otra noche hamaqueando al son de un Marlboro rojo -qué delicia- escuchando un playlist de Jazz n’ Blues de los 60's y 70's con mamá mientras vemos a Lilith correr desde la sala hasta la cocina con una pelota negra que le regalaron a principio de este año, cuya forma ya no es esférica sino más bien deforme; llena de marcas de dientes y sin muchas de sus partes. A Maria se le antojó una fruta, siempre saca del canasto un durazno pintado como de rosa, y naranja, jugoso -claro- y sin menos, enorme, -le encantan- lo agarró y junto con él un cuchillo pequeñito con el que atravesó su piel de felpa para tener dos partes, la segunda para mí y un mordisco para Lilith que con el tiempo desarrolló un gusto por los duraznos, manzanas y almendras, snacks que frecuentamos.



De cualquier modo. Maria me dio mi parte y al primer mordisco dejé de balancearme en la hamaca, progresivamente volvió a su estado de quietud, me quedé mirando al vacío cuántico y me llegó a la cabeza una imagen de años más tarde, ¿cuántos?, quien sabe... Una tarima de madera con tablas que rechinaban, un traje largo negro ceñido, de tiras delgadas y suave tela -siempre me pienso en vestidos negros, largos- con algunas lentejuelas que lo hacían ver brillante, una figura estilizada poco iluminada por un reflector que había perdido su vida útil con el pasar del “tiempo” pero que dejaba ver la figura dentro del traje de cóctel, figura que no aparentaba los años, -qué suerte ser de una familia de muchas mujeres y pocos hombres que por genética no demuestran la edad-.


Mefisto me acompañaba, -él siempre ha sido el protagonista- yo lo ayudaba a sobresalir, procuraba agarrarlo fuerte por el cuello de modo que él me sintiera firme sin que mi tacto se viera rígido, tosco o brusco, pues debía pasar mi mano por todo su tronco y debía mover mis dedos hábilmente con la mano izquierda al tiempo que con la derecha subía, bajaba, apretaba, y soltaba el arco para que el roce, o más bien, la caricia que intentaba sobre el cuerpo de Mefisto me diera el placer que consideraba merecer, un sonido avernal, prolijo y contundente.


A la tarima llegaba el humo del cigarro de quienes estaban más cerca. No hubo un ambiente más rústico, triste, con olor a tabaco, falto de carisma, y elegancia que ese lugar -pensé-, los lugares que me gustan, a los que a veces siento pertenecer, -y eso que yo casi nunca permanezco a un lugar o a alguien- pero no me refiero a los bares, sino a lugares donde la gente suele ir a recuperar el ánimo, a darse moral para sentir que se puede seguir, y claro, a olvidar. Así fue la imagen que llegó a mi cabeza. Allí no pude evitar sentirme como una espectadora que observaba a la prima donna tocar el violín y dar un poco de ilusión desde la aflicción.


- Leidy Beltrán.


 
 
 

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