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  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 18 abr 2023

A victoria no le gustaba que la agarraran o apretaran por detrás, pues sentía cómo las líneas perfectas de su delgado cuerpo eran marcadas por unos blancos, agresivos, y afilados dientes, en cambio, adoraba que la tomasen delicadamente, su cuerpo se quemaba muy lento mientras se transformaba en licor aromático para el ambiente, se sentía viva; y al rojo, al ver cómo su delicada piel blanca era consumida por la quemadura que causaba el ardiente y diminuto fuego, que siempre era detonado con ansias por el deleite que causaba -en otros- la suculenta y fina esencia de su cuerpo.


- Leidy Beltrán.


 
 
 
  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 16 sept 2022

Por suerte escribo y me inundo menos. Urge sacar el agua y secarlo todo.




El reloj decía que la alarma sonaría en cinco horas, no había sueño, me corrijo, si había, siempre hay, de día aún más pero en la noche merma un poco cuando la cabeza tiene mucho en qué repensar, recordar, reevaluar, restituir, -como esta noche- y eso no le permite a mi conciencia entender que necesito dormir para descansar. La cortina como siempre estaba abierta, las nubes y el astigmatismo no dejaban enfocar la luna. Luna... cada vez que pienso o menciono esa palabra revivo a la gatita que sigue pintada en ese pedacito de madera que me dio Salomón -días después de lo sucedido-, ahí, al lado de la ventana, pegadita a la cortina abierta. Pesa recordar a Luna. Todo pesa. Las nubes pesan, la noche pesa y todo en mí también pesa; mi cuerpo cansado, el Psoas adolorido, -por lo menos ya no están los dolores crónicos de la escoliosis, cosa por cosa-. Inhalo y exhalo muy profundo, mi corazón “hipertrofiado” por el exceso de sentir, pesa. Inhalo y exhalo de nuevo. Todo pesa. Las cobijas, las almohadas, los ojos, el miedo, la muerte, el resentimiento, el buen juicio, lo que doy por hecho, lo que no... y todo aquello me aplasta, y crujen mis huesos como una patata delgada, perfectamente frita, enclenque, hecha para una fractura irremediable, y luego de eso está la razón, que me hace creer que puedo perfectamente proceder como una esponja, ser aplastada cuantas veces la vida lo solicite y volver a tomar la forma previa, así debería ser, -por supuesto-, con el tiempo habrá un deterioro evidente pero aceptable, lleno de conciencia y consecuencia, supongamos que "experiencia" define bien aquello.


Ya había escrito algo muy parecido, demasiado roto, "Madrugada" se llama, y aunque es similar ¿Quien en las noches no encuentra un momento a solas consigo mismo y todos sus malestares?.


La alarma sonará en cuatro horas, el cuerpo, las piernas, el Psoas, y el corazón deben descansar. Ya habrá otra noche para llenar los baldes, sacar el agua, pasar la esponja, escurrirla, y esperar a que todo seque bien. De nuevo.


- Leidy Beltrán.

 
 
 
  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 21 dic 2021

Otra noche hamaqueando al son de un Marlboro rojo -qué delicia- escuchando un playlist de Jazz n’ Blues de los 60's y 70's con mamá mientras vemos a Lilith correr desde la sala hasta la cocina con una pelota negra que le regalaron a principio de este año, cuya forma ya no es esférica sino más bien deforme; llena de marcas de dientes y sin muchas de sus partes. A Maria se le antojó una fruta, siempre saca del canasto un durazno pintado como de rosa, y naranja, jugoso -claro- y sin menos, enorme, -le encantan- lo agarró y junto con él un cuchillo pequeñito con el que atravesó su piel de felpa para tener dos partes, la segunda para mí y un mordisco para Lilith que con el tiempo desarrolló un gusto por los duraznos, manzanas y almendras, snacks que frecuentamos.



De cualquier modo. Maria me dio mi parte y al primer mordisco dejé de balancearme en la hamaca, progresivamente volvió a su estado de quietud, me quedé mirando al vacío cuántico y me llegó a la cabeza una imagen de años más tarde, ¿cuántos?, quien sabe... Una tarima de madera con tablas que rechinaban, un traje largo negro ceñido, de tiras delgadas y suave tela -siempre me pienso en vestidos negros, largos- con algunas lentejuelas que lo hacían ver brillante, una figura estilizada poco iluminada por un reflector que había perdido su vida útil con el pasar del “tiempo” pero que dejaba ver la figura dentro del traje de cóctel, figura que no aparentaba los años, -qué suerte ser de una familia de muchas mujeres y pocos hombres que por genética no demuestran la edad-.


Mefisto me acompañaba, -él siempre ha sido el protagonista- yo lo ayudaba a sobresalir, procuraba agarrarlo fuerte por el cuello de modo que él me sintiera firme sin que mi tacto se viera rígido, tosco o brusco, pues debía pasar mi mano por todo su tronco y debía mover mis dedos hábilmente con la mano izquierda al tiempo que con la derecha subía, bajaba, apretaba, y soltaba el arco para que el roce, o más bien, la caricia que intentaba sobre el cuerpo de Mefisto me diera el placer que consideraba merecer, un sonido avernal, prolijo y contundente.


A la tarima llegaba el humo del cigarro de quienes estaban más cerca. No hubo un ambiente más rústico, triste, con olor a tabaco, falto de carisma, y elegancia que ese lugar -pensé-, los lugares que me gustan, a los que a veces siento pertenecer, -y eso que yo casi nunca permanezco a un lugar o a alguien- pero no me refiero a los bares, sino a lugares donde la gente suele ir a recuperar el ánimo, a darse moral para sentir que se puede seguir, y claro, a olvidar. Así fue la imagen que llegó a mi cabeza. Allí no pude evitar sentirme como una espectadora que observaba a la prima donna tocar el violín y dar un poco de ilusión desde la aflicción.


- Leidy Beltrán.


 
 
 
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