COLISIÓN
- Leidy Beltrán

- 24 jul 2020
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 15 oct 2020
Aquel hombre agujereó la madera en dos puños, gritó, y como si no fuera suficiente volvió a gritar, perforó el corazón de la mujer de un golpe, para ella fue como aquella vez que desató su cólera y destrozó una vara en sus piernas, como cuando la empujó hacia las barandas de las escaleras logrando desprenderlas del suelo, o como tantas otras veces.

Moretones, piel reventada, hematomas y rasguños, ella luchaba, se defendía con coraje aunque recibiera un mayor castigo por ello, aun así a ella le causaba más dolor que viniera de su sangre, el único hombre que le quedaba en casa, su hermano; "si papá estuviera nada de esto pasaría" -dijo-, se desesperó pero juró no volver a autoflagelarse cuando sintiera ira de las circunstancias, pues ella no tenía la culpa. Lloró hasta matar su dolor, hasta ahogar su rabia, pasaron tal vez 8 horas para que dejara de hacerlo, sus ojos y su cara se inflamaron, la piel y la cabeza le dolían, le costaba abrir los ojos, se refugió en la soledad y lobreguez de su habitación, de su música, y pensó que aunque fuera su familia no estaba obligada a soportar, solo deseó algún día poder irse, poder estar por fin sola, y aunque extrañaría la calidez de su madre y la bondad que muy en el fondo guardaba su hermano, era mejor no estar allí.
-Leidy Beltrán-



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