EL TONTO
- Leidy Beltrán

- 16 oct 2020
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 oct 2020
Deleitosas, así eran las conversaciones con él, inicialmente escasas pero siempre llenas de ímpetu, doctas, sinceras, y reales. Aprendíamos del otro mientras conocíamos nuestros miedos y deseos. Hondos, complejos. Íbamos despellejados de lo usual, siempre intentando no ser ideales, era sencillo porque no lo éramos, no era necesario impresionar o aparentar, tampoco queríamos hacerlo, no había un interés, hablo del interés que usualmente surge entre un hombre y una mujer. Al principio.

Me hablaba de paseos en bici, la finca, las niñas -como le decía a sus vacas-, de lo que plantaba, me contaba sobre manglares, tipos de bosques, supongo que le gustaban los océanos, me explicaba que se estaban acidificando debido a que el océano absorbe gran parte del CO2 que producimos y que al mezclarse con los carbonatos del agua se producía una gran baja en el PH del mar, provocando esa acidez, afectando corales, equinodermos y artrópodos, bueno, hasta llegué a ver su colección de autos -juguetes, claro- le fascinaban y también sabía mucho sobre ello, sobre la colección decía que tenía unos 100, a mi me gustaba una camioneta roja de platón, le dije que se la robaría algún día; nos daba la media noche en videollamadas o escribiéndonos, la percepción del tiempo con él era como lo que dura un cigarro. Conocíamos los dolores del otro, Manny, papá, las historias de amores y personas enfermizas. Coincidíamos en casi todo, estábamos vacíos de lo esencial, solos, y habíamos dejado de creer en lo que todos. Había encontrado un amigo sin querer hacerlo pues poco de eso he sido, aunque a veces sienta la necesidad de hablar con alguien las personas normalmente no me llaman la atención, doy la sensación de ser alguien de mal humor, o tímida -me lo han dicho mucho-, la verdad es que de tímida no tengo un pelo, y el mal humor no siempre me domina, si bien, la comunicación es la base de una sociedad, si, pero en realidad no siento el interés que todos si por tener miles de conversaciones sin sentido, y la verdad han habido algunas llenas de retórica que me resultan aburridas, pero en efecto mi amigo era muy entretenido, inteligente, dulce, serio, amargo, y él me sentía también como su amiga, planeábamos cosas que seguramente nunca pasarían, eran pequeños sueños con los que vagamos los humanos, esa era nuestra forma de empatar aún más, de creer que poniendo nuestra fe en algo tendríamos un sentimiento de apogeo, sobre todo él que pasaba noches muy amargas, más que las mías, yo deseaba que el mar estuviera siempre a nuestro favor y no al contrario. Con el tiempo habíamos creado un vínculo importante, seguíamos siendo aquellos incondicionales pero ahora con el encanto y embeleso que producía una sonrisa entre dos individuos que compartían un sentimiento, producto de la afinidad mutua y la confianza, pero tristemente éramos una imposibilidad destinada a una encantadora amistad, al apoyo, a la compañía de la felicidad y la infelicidad.
Mi amigo de corazón colosal, con acento marcado, cejas pobladas, lunar coqueto al lado derecho de la nariz, cabello largo, barba tupida, constelaciones en los hombros, manos grandes, uñas a veces largas otras cortas, orejas de elfo llenas de aretes, rústico, del bosque, del campo, de la playa... de juegos de video, extraño, loco, bizarro, malévolo, atlético, experto en treparse en los tubos de pasamanos, columpios o lo que fuera, lector de buen gusto, Biólogo con uno que otro premio, a punto de graduarse de un máster y futuro doctor; lleno de talentos, bellezas y virtudes que el tonto ignoraba. Eso llegó a ser para mi desde que se metió en lo profundo de mi interés y ya no quiso salir o más bien no lo quise echar, pero toda historia tiene un fin y acá no hay excepción.
- Leidy Beltrán.



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