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  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 16 oct 2020

Deleitosas, así eran las conversaciones con él, inicialmente escasas pero siempre llenas de ímpetu, doctas, sinceras, y reales. Aprendíamos del otro mientras conocíamos nuestros miedos y deseos. Hondos, complejos. Íbamos despellejados de lo usual, siempre intentando no ser ideales, era sencillo porque no lo éramos, no era necesario impresionar o aparentar, tampoco queríamos hacerlo, no había un interés, hablo del interés que usualmente surge entre un hombre y una mujer. Al principio.


Me hablaba de paseos en bici, la finca, las niñas -como le decía a sus vacas-, de lo que plantaba, me contaba sobre manglares, tipos de bosques, supongo que le gustaban los océanos, me explicaba que se estaban acidificando debido a que el océano absorbe gran parte del CO2 que producimos y que al mezclarse con los carbonatos del agua se producía una gran baja en el PH del mar, provocando esa acidez, afectando corales, equinodermos y artrópodos, bueno, hasta llegué a ver su colección de autos -juguetes, claro- le fascinaban y también sabía mucho sobre ello, sobre la colección decía que tenía unos 100, a mi me gustaba una camioneta roja de platón, le dije que se la robaría algún día; nos daba la media noche en videollamadas o escribiéndonos, la percepción del tiempo con él era como lo que dura un cigarro. Conocíamos los dolores del otro, Manny, papá, las historias de amores y personas enfermizas. Coincidíamos en casi todo, estábamos vacíos de lo esencial, solos, y habíamos dejado de creer en lo que todos. Había encontrado un amigo sin querer hacerlo pues poco de eso he sido, aunque a veces sienta la necesidad de hablar con alguien las personas normalmente no me llaman la atención, doy la sensación de ser alguien de mal humor, o tímida -me lo han dicho mucho-, la verdad es que de tímida no tengo un pelo, y el mal humor no siempre me domina, si bien, la comunicación es la base de una sociedad, si, pero en realidad no siento el interés que todos si por tener miles de conversaciones sin sentido, y la verdad han habido algunas llenas de retórica que me resultan aburridas, pero en efecto mi amigo era muy entretenido, inteligente, dulce, serio, amargo, y él me sentía también como su amiga, planeábamos cosas que seguramente nunca pasarían, eran pequeños sueños con los que vagamos los humanos, esa era nuestra forma de empatar aún más, de creer que poniendo nuestra fe en algo tendríamos un sentimiento de apogeo, sobre todo él que pasaba noches muy amargas, más que las mías, yo deseaba que el mar estuviera siempre a nuestro favor y no al contrario. Con el tiempo habíamos creado un vínculo importante, seguíamos siendo aquellos incondicionales pero ahora con el encanto y embeleso que producía una sonrisa entre dos individuos que compartían un sentimiento, producto de la afinidad mutua y la confianza, pero tristemente éramos una imposibilidad destinada a una encantadora amistad, al apoyo, a la compañía de la felicidad y la infelicidad.


Mi amigo de corazón colosal, con acento marcado, cejas pobladas, lunar coqueto al lado derecho de la nariz, cabello largo, barba tupida, constelaciones en los hombros, manos grandes, uñas a veces largas otras cortas, orejas de elfo llenas de aretes, rústico, del bosque, del campo, de la playa... de juegos de video, extraño, loco, bizarro, malévolo, atlético, experto en treparse en los tubos de pasamanos, columpios o lo que fuera, lector de buen gusto, Biólogo con uno que otro premio, a punto de graduarse de un máster y futuro doctor; lleno de talentos, bellezas y virtudes que el tonto ignoraba. Eso llegó a ser para mi desde que se metió en lo profundo de mi interés y ya no quiso salir o más bien no lo quise echar, pero toda historia tiene un fin y acá no hay excepción.


- Leidy Beltrán.

 
 
 
  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 11 oct 2020

Hoy madrugué a caminar. En el último año me he dedicado a maquinar sobre la solución a mis problemas basándome en los principios -ahora científicos- patafísicos de Alfred Jarry -espacio para el aplauso burlón del lector-. Me he dedicado a resolver con incoherencias la mayoría de cosas que me vuelan la cabeza para bien o mal,  todas aquellas soluciones basadas en imaginarios, en posibilidades que resultan siendo puras imposibilidades en esta línea de tiempo, y que tienen como único fin darme una esperanza, pero, qué es la esperanza sino una clásica forma de menguar el dolor, y el fracaso.


En el último año he querido y he soñado, pero, qué son los sueños sino patáforas artificias y consuelo de los ilusionados. Y acá hablo por mi, por nadie más, aquel que tenga una opinión diferente según su experiencia, vale. Pero, qué crítica resulta la vida cuando la dejas quieta y luego pretendes ordenarla de la noche a la madrugada, no es posible, es absurdo, ni yendo a París o Argentina a uno de esos institutos que imparten patafísica hubiera salido con ideas tan patáforas como las de ahora. Queriendo lo imposible. Invirtiendo la flecha del tiempo, y es que ordenar es también ilógico, ordenar es viajar hacia el pasado, teniendo en cuenta el reloj cósmico -la entropía- y la constante dilatación del universo desde su creación hasta lo que será su destrucción inexorable.


Hasta ahora mi vida haría parte de un buen título para el show de un comediante.

¡Ahh! pesimismo, pesimismo. Bueno, caminé por dos horas, no sabía qué más hacer, creo que ni valía la pena mencionarlo.


- Leidy Beltrán.


 
 
 
  • Foto del escritor: Leidy Beltrán
    Leidy Beltrán
  • 30 sept 2020

Cuando perdí por completo el sentido no tuve de otra que sentarme a reflexionar a la vez que miraba la punta dura de mis botas negras, me hablé a mi misma y dije -entre otras cosas- en voz alta: ¿Qué mierda le pasó a mi vida?, la diversión dejé de tomarla en serio, de los momentos excitantes no queda mucho, los cambie por un chocolate en agua y cuatro paredes, medio mal, excepto por el chocolate, pero, ¿dónde quedó la resaca, los planes inesperados, las imprudencias, la jovialidad?, y ¿qué hay de las mentas frías que disimulaban el aliento a trago barato?.


Los años me han vuelto... no.

Me volví por voluntad una pelmaza, aburrida y hermosa solitaria -eso último me encanta- pero, tal vez no quiero que todo termine así... Y qué vergonzoso, ni a la nostalgia puedo darle licor, pobre de ella, además un simple café "bebida de los adultos maduros y con estilo" solo me amarillea los dientes, igual que los cigarros. Qué espanto. Tal vez deba pasarle corriente a mi cuerpo, zafar un poco los tornillos, vivir, y al diablo lo demás.


Me gustan mis botas, son pesadas, dicen de mi.


- Leidy Beltrán.





 
 
 
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